Literal, como hablamos ayer en la noche, en ésta tierra hacemos dulces con forma de calavera y hasta hace unos siglos también con formas de otrxs espíritus para conmemorar la vista de nuestrxs ancestrxs en este inicio del otoño. 

Sin embargo la dulzura de este día va más allá de las calaveritas de amaranto, de chocolate o de azúcar. Este día cada año nos recuerda que sabemos morimos distinto, que aquí la tradición es vieja y muerte y vida ya se juntaron. 

Porque morir es alcanzar el reposo y el único descanso real viene con ella, que nos libera del quehacer diario de sostener nuestra vida porque con muerte éstas actividades son innecesarias. Pero morir también es terminar, es poner el punto final que le da coherencia perspectiva a nuestra vida. 
El maíz, el algodón, el zempazúchil, todas las plantas anuales nos lo recuerdan año con año, para florecer crecieron y ya florecidas dejarán semillas y devolverán a la tierra lo que de ella usaron para florecer. 

Que florezcan nuestros corazones, que la tradición que fertilizaron quienes ya pasaron nos nutra y quede aún más fértil para quienes vienen después de nosotrxs. 

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