Mi última parada en Guatemala fue en el lago Atitlán, en particular en el pueblo de San Marcos de la Laguna, dónde creo que el idioma más hablado a orillas del lago es el Inglés y en la montaña el Kaqchikel que es la lengua local.
El lago Atitlán es enorme y espectacular.

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Desde la orilla y las montañas aledañas, dónde los voladeros de la precaria carretera para llegar ofrecen un paisaje maravilloso, el lugar parece un valle inundado, altas montañas y volcanes alrededor del lago claramente conducen hacia éste el agua que reciben de la lluvia y la superficie cubierta es enorme.
La combinación de altas montañas escarpadas pero cubiertas de vegetación con la enorme cantidad de agua da unas vistas impresionantes y majestuosas que cambian constantemente con el paso del sol.
Es difícil cansarse de disfrutar la vista desde los diferentes puntos del pueblo, el hostal dónde me quedé está a la orilla del lago y la vista desde la playa junto con el ritmo de las olas acompañaron largas e interesantes conversaciones con mucha gente diferente pero las vistas desde la parte alta del pueblo, dónde viven los habitantes originales también sin maravillosas como lo son las de la reserva ecológica dentro de la comunidad.
Aunque pudimos encontrar algunos lugares donde comer propiedad de gente de la zona casi toda la orilla y la parte baja de la comunidad son zona de expatriados que han puesto locales de yoga y otras actividades new agey para quedarse a vivir ahí.
La parte montañosa del pueblo sigue, sin embargo siendo territorio de los pobladores originales y se siente la diferencia en el ambiente aunque, lamentablemente sólo están acostumbrados a interactuar con turistas cuando trabajan para nosotrxs.
Me alegró, sin embargo que actitudes como pararnos en la calle para pedirnos dinero sólo ocurrieran en la parte turística y que la vida de la gente de más arriba sólo se ve afectada por la nueva oleada de recién llegadxs en lo referente a los trabajos que realizan.

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Me despedí del lago durante un magnífico amanecer en el muelle mientras esperaba la lancha a Panajachel que fue el primer paso del recorrido que me trajo a San Cristóbal de las casas. Nueve horas y una interminable secuencia de bajadas y subidas del camión, del guatemalteco al mexicano, migración para salir, migración para entrar, retén militar, etc. Estoy de regreso en la ciudad que hace veintiún años recibió el grito de la selva, el nunca más de los hombres y mujeres murciélago en sus calles. Me encanta Sancris.

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